Es indudable que jamás se sabrá con certeza ni cuando ni dónde aprendió el hombre por primera vez el placer de degustar, las exquisitas bebidas alcohólicas, tan misteriosamente transformadas, ni cuando descubrió a fermentación.

Según la leyenda China, el descubrimiento se remonta a la época de los "Emperadores Amarillos", en la China más antigua, cuando una calabaza llena de jugo de albaricoque dejada a la sombra de la cabellera de P´an Ku quedó expuesta al sol y se transformó en una deliciosa bebida embriagadora. 

P´an Ku, con ayuda de sus dragones, un licomio, un fenix y una tortuga, creó el mundo chino. Después de su muerte, la leyenda dice que las plantas y los arboles fueron sus cabellos, los ríos la sangre que fluía por sus venas, el viento el aire que respiraba, y el trueno su voz. En estas condiciones por que no atribuirle el secreto de la fermentación.


Los chinos que veneraban a los antepasados y a los espíritus, ofrecían a estos sacrificios en formas de bebidas fermentadas. Los indios ofrecían a sus divinidades el soma que preparaban con plantas. Los aztecas solían cortar flores de la pita y dejaban fermentar la sustancia que fluía en los cortes. Por su parte, los mongoles hacían fermentar la leche de burra en odres de cuero para obtener el Kumi.

Fueron los árabes, con su culto a los perfumes, los que refinaron el arte de la extracción de esencias de las flores y las especias, y pusieron alambiques. Los árabes se embriagaban con el perfume de las rosas y los girasoles, como dichoso paliativo esperando refrescarse en los "ríos de vino", según la promesa del profeta en premio a la abstinencia.

Al parecer, fueron los moros los que introdujeron la técnica de la destilación en Europa, donde pronto se fabricaron los alcoholes fuertes.


** Fragmento Extraído del Librillo, "Cóctéles" de Louis Adams

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